Miedo a una hoja en blanco, a una noche sin dormir, a una estación sin despedidas, a un beso sin saliva, a un juicio inesperado; tiene miedo, miedo a ser incapaz, insegura, indecisa, y por incólume acabar en un instante sin intenciones. Evitar deliberadamente saber qué es lo que está sucediendo. No escuchar, no ver, no querer mirar más allá de lo que dejan ver unos ojos que no desvían la mirada del suelo. Que anhela no tropezar, pero lo más peligroso no es el comienzo del invierno. Aspirar profundamente el frío, abrir la ventana y ver el páramo desierto de miradas de soslayo. El proceso que se ha iniciado, ya, contra ella. Y todavía no sabe de qué va. Y una vez ha caído...ahhh... ahora todo es diferente, ahora se juzga de otra manera.
Ahora ya no hay vuelta atrás, ahora ya no puede decir que nunca sucedió, ya no puede comentar inocentemente que alguna vez se le pasó por la cabeza. Ya no puede hablar sin medir sus palabras, ya no. Su forma de mirar ha cambiado, ve en los ojos de los demás el juicio por sus actos, ahora no actúa sin pensar, ahora mide sus pasos, ahora mide sus palabras, mide incluso las de los demás, temerosa de lo que puedan opinar. Ya no es libre, ya más nunca, del juicio, que no está más que dentro de ella misma. Pero un poco más allá encuentra un punto importante, aquel es un centro gravitatorio que va a ligarla a su estancia, al tiempo que va a permitirla saltar por la ventana a un mundo de imaginaciones de vez en cuando.